Mal uso de dispositivos médicos: un enemigo invisible de las instituciones de salud

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La sofisticación de los equipos médicos brinda amplias ventajas para el diagnóstico y tratamiento de enfermedades. Es así como médicos y enfermeras cuentan con datos más precisos y agilidad en la disponibilidad de resultados, además se abre un panorama de nuevas posibilidades para la sociedad en general.

El sector salud ha entrado en una dinámica competencia en la que los hospitales y clínicas están deseosos de adquirir lo último en tecnología pretendiendo así mantenerse a la “vanguardia” y atraer la atención de los pacientes quienes al estar cada vez más informados, exigen ser tratados con dispositivos de última generación con la esperanza de encontrar en estos soluciones eficaces y de calidad.

Con este comportamiento afanoso, las instituciones de salud solo han percibido de la tecnología los beneficios sumergiéndose en el asombro de estos, y le han cedido terreno a un nuevo enemigo, uno muy peligroso, que sigilosamente se ha instalado y se oculta detrás de esta nueva generación de dispositivos. El mal uso, compañero invisible que le imprime altos niveles de riesgo y peligro al ambiente hospitalario, aquel que hace que los eventos e incidentes adversos se disparen por muchas razones y que tiene a agencias como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Administración de Medicamentos y Alimentos de Estados Unidos (FDA), preocupadas. En el año 1999, el Instituto de Medicina de Estados Unidos publicó el documento ‘To err is human’ (Errar es de humanos) en el cual se reveló que se presentaron entre 44 mil a 90 mil casos de muertes prevenibles solo en Estados Unidos. Cifras similares se identificaron también en el Reino Unido, Canadá y Nueva Zelanda, de hecho publicaciones realizadas en el año 2013 estiman de 210 mil a 400 mil casos anuales de eventos adversos evitables debidos a fallas humanas.

Son muchos factores los que alimentan y fortalecen a este nuevo enemigo: interacción inapropiada entre los usuarios y el dispositivo, excesiva variedad de marcas y modelos, alarmas mal configuradas,  demasiado ruido de las alarmas, datos ingresados de forma incompleta, malas técnicas de reprocesamiento y limpieza, reuso irresponsable, inadecuado mantenimiento y la gestión deficiente de las bajas y retiradas. Todos estos elementos refieren a la falla humana,  situación que va en aumento cuando el proceso de incorporación tecnológica no vincula una apropiada capacitación al personal asistencial.

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Es tanto el impacto que ha generado esta problemática que el ECRI Institute ha incluido varios de estos factores en su top 10 de riesgos para 2016. Tal es el caso de las malas configuraciones de alarmas que generan distracción e incomodidad por el excesivo ruido, pero más que esto ocasiona lesiones en el paciente, incluso la muerte si disparan falsos positivos o no se activan. Otro caso que expone el ECRI Institute es las malas prácticas durante el reprocesamiento de los endoscopios e instrumental quirúrgico, cuando las actividades de desinfección y esterilización no se realizan adecuadamente (por ejemplo, en dispositivos con canales estrechos o partes que no son removibles, los agentes desinfectantes no llegan a todos los sitios) los agentes patógenos se diseminan entre pacientes, generando complicaciones e infecciones intrahospitalarias. Esto generalmente va ligado a la falta de control en las instituciones de salud, la disponibilidad de instructivos adecuados y la presencia de personal sin competencias en el uso adecuado de la tecnología.

Por lo tanto, el reto para combatir el mal uso debe ser integrado por soluciones multidisciplinarias que involucren el compromiso entre los fabricantes de tecnología, el personal médico, los ingenieros biomédicos y todos los usuarios de la tecnología en salud. Para los fabricantes, agencias como la FDA han publicado nuevas recomendaciones para las pruebas de factores,  enfatizando en la importancia de mejorar la usabilidad de la tecnología médica y minimizar los errores de uso.

Las instituciones de salud deben esforzarse en garantizar entrenamiento y capacidades en el manejo adecuado de los dispositivos médicos. La clave no está solamente en adquirir tecnologías de punta, la solución debe ir más allá, desarrollar el conocimiento y las competencias necesarias para usarlas adecuadamente. Conforme lo indica el fabricante en las instrucciones, el usuario debe tener la capacidad de reconocer y controlar todos los riesgos, identificar cuando éstas presentan fallas y evitar al máximo que por causa del uso de la tecnología se ponga en riesgo la vida e integridad del paciente.
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